El queso intacto
Permítame presentarme: soy el Comisario Despistado, y este caso lo daba por resuelto antes de quitarme el abrigo. Entré en la frutería, señalé al repartidor con absoluta seguridad ante toda la clientela... y, se lo confieso, me equivoqué de medio a medio.
Villaseca amaneció con una noticia agria: Don Baltasar Quesada apareció sin vida en el madurero de su bodega, tendido entre quesos y silencio. Pocos derramarían una lágrima por semejante hombre.
Mercedes Carrillo pagaba al difunto un chantaje asfixiante por cierto secreto suyo. Esa tarde bajó a la bodega «solo a ordenar estantes», y en el dorso de la mano le quedó una fina raspadura de metal frío.
Remedios Alcantara, sobrina, heredaba la bodega entera y no ocultaba su alivio. La vieron cerca del madurero al mediodía, con las uñas ennegrecidas de barro; dice que podaba el huerto, sin más testigo que su gata.
Fermin Robledo, arruinado como quesero por una denuncia injusta del difunto, salió al alba de la bodega cargando algo pesado, según un testigo que se contradice; él habla de cuajos, y el reloj casi lo confirma. Las letras sobrantes susurran al culpable.